El taller de un pequeño pueblo de Soria que vende cerámica por internet y ha conquistado a la Guía Repsol
Mico Ceramics y la revolución silenciosa de la cerámica rural en Soria

Miguel Rodríguez Escalada modela cada pieza a mano en su taller de Pedrajas, combinando técnica y territorio
La historia de Mico Ceramics es la confirmación de que el nuevo lujo está en lo auténtico, en lo local y, sorprendentemente, en lo digital. Desde Pedrajas, un pequeño municipio soriano de apenas 60 habitantes, el ceramista Miguel Rodríguez Escalada ha conseguido lo que parecía improbable: vender piezas hechas a mano a través de internet y captar la atención de la Guía Repsol, que ha puesto el foco en su trabajo como ejemplo de «artesanía contemporánea para el pueblo».
Como recoge la Guía Repsol, «no solo los jóvenes cocineros apuestan por la vuelta al rural». En este caso, es la cerámica la que lidera un cambio de paradigma donde tradición, diseño y tecnología conviven sin fricciones.
El propio Miguel define su trabajo con tres conceptos que funcionan casi como manifiesto estético: «minimalista, orientalizante y orgánico». Esa combinación no solo marca la forma, sino también el fondo. Porque, tal y como explica, el proceso creativo muchas veces empieza fuera del taller, en el territorio, en la materia prima.
La publicación destaca cómo el uso de materiales locales es clave en su identidad: «Arcilla roja de Deza, Granito Gredos, Volcánica La Palma». No es una elección estética únicamente, sino también funcional. «Los vidriados están hechos por mí siempre, utilizo muchas arcillas locales fundentes para decorar e impermeabilizar», explica el propio ceramista en declaraciones recogidas por la guía.

La investigación con materiales —de cenizas a arcillas locales— marca el carácter único de cada pieza
Instagram como escaparate global
Lejos de los circuitos tradicionales, Mico Ceramics ha encontrado en internet (y especialmente en Instagram) su principal canal de venta. Según la Guía Repsol, el perfil del artista se ha convertido en «principal vía de contacto con sus clientes, que suelen comprar por encargo».
Desde un entorno rural, sin tráfico físico ni escaparate urbano, el taller ha conseguido llegar a coleccionistas, restaurantes y amantes de la cerámica contemporánea. El modelo es directo, sin intermediarios, y profundamente conectado con una nueva forma de consumo que prioriza lo auténtico.
El salto cualitativo llega cuando sus piezas empiezan a aparecer en espacios como La Mínima, una galería especializada donde comparte espacio con nombres consolidados. Como se señala en el reportaje, allí «se pueden encontrar obras de un joven llamado Miguel Rodríguez Escalada», situándolo en el radar del sector.

Una de las piezas de Mico Ceramics donde el gesto del torno y la huella manual definen el diseño
La conexión entre gastronomía y cerámica es otro de los pilares del proyecto. La Guía Repsol señala que el restaurante 'Lilot' se ha convertido en uno de sus principales clientes, dentro de un proceso de renovación total de su vajilla.
Allí, Miguel ha desarrollado piezas tan singulares como «teteras japonesas con forma de botijo español», un ejemplo claro de su lenguaje híbrido. También ha creado jarras, bandejas y cuencos que responden a una idea muy concreta: funcionalidad sin renunciar a identidad.
«Mis piezas son para usar», afirma el ceramista, en una declaración que resume toda su filosofía. No se trata de objetos decorativos, sino de piezas vivas, integradas en la experiencia gastronómica. La Guía Repsol refuerza esta idea al destacar cómo cada creación combina investigación material y uso cotidiano.
Uno de los aspectos más innovadores del trabajo de Miguel es su experimentación con la naturaleza. Tal y como recoge la Guía Repsol, lleva tiempo explorando la porcelana aplicada a elementos naturales: «Llevo un año cubriendo elementos de la naturaleza en porcelana y viendo cómo se comportan en el horno».

La arcilla del entorno, como la de Deza, es la base de una cerámica que nace directamente del territorio
El resultado son piezas únicas que transforman lo orgánico en objeto artístico, desde cardos hasta hojas o estructuras naturales. Su objetivo, según explica, es «ofrecer la posibilidad de comprar arte que quepa en una cajita», una idea que conecta con nuevas formas de coleccionismo accesible.
En paralelo, su trabajo mantiene un equilibrio entre técnica y emoción. Desde el uso de gres comercial mezclado con arcillas locales hasta la decisión de dejar visibles las marcas del torno («para mí dejar las marcas que salen al tornearlo reivindica el origen»), todo responde a una narrativa coherente.