«El que entra, ni vivo ni muerto sale»: la cueva de Soria donde la leyenda terminó siendo verdad
La Cueva de Zampoña, junto al Duero y cerca de San Saturio, conserva una de las historias más inquietantes de Soria: una leyenda con expediente, testigos y fecha exacta

El Duero soriano, entre cañones y silencio, envuelve el enclave donde ocurrió la tragedia de la Cueva de Zampoña en 1748.
La Cueva de Zampoña no necesita artificios para impresionar. Le basta con su ubicación, al pie de la Peña Chavarría, en la margen derecha del Duero, aguas abajo de la ermita de San Saturio. Allí donde Soria parece hablar en voz baja, entre Bécquer, Machado y el rumor del río, una cavidad casi oculta por la vegetación guarda una historia que durante años sonó a cuento de miedo. Pero no lo era. O no del todo. Porque lo que ocurrió en 1748 dentro de aquella gruta quedó recogido en documentos históricos.
Durante generaciones, la Cueva de Zampoña fue una advertencia. Un lugar al que no convenía acercarse, una grieta oscura en la roca donde los mayores podían asustar a los niños con una frase tan sencilla como demoledora: «El que en esta cueva entrare, ni vivo ni muerto sale».
La frase no nació de la nada. Según relató Manuel García de Leániz Salete en el podcast 'Enclaves de Leyenda', la cavidad conserva una cruz en su entrada con una inscripción que recuerda el suceso. La cueva, de acceso hoy muy complicado por la crecida del nivel del Duero tras la presa de Los Rábanos, apenas puede visitarse salvo por vía fluvial o mediante técnicas no recomendables para el público general.

La Cueva de Zampoña se encuentra junto al Duero, aguas abajo de San Saturio, en una zona hoy de difícil acceso y rodeada de misterio.
El tesoro que acabó en tragedia
La historia documentada nos lleva al viernes 1 de marzo de 1748. Antonio Serón, vecino de Soria, caminaba junto al Duero con Esteban de Alicante y Antonio Gallardo. Según el relato conservado por la familia García de Leániz, Serón propuso entrar en la cueva porque creía que allí podía hallarse un tesoro, quizá una mina o unas figuras de alabastro.
Sus compañeros no quisieron seguirle. Él sí. Se quitó la ropa para avanzar mejor por el estrecho pasillo de la gruta y se internó en la oscuridad. Al poco, se oyó un ruido. Había caído en una sima de más de seis metros. Desde dentro pidió auxilio, aseguró que no podía mover ni manos ni pies y reclamó un confesor.
Durante más de 48 horas se intentó rescatarlo. Acudieron vecinos, autoridades, un escribano, un albañil, un maestro cantero y un sacerdote. Le bajaron una cuerda, comida, vino rancio y bizcochos. Nada funcionó. El lunes 4 de marzo de 1748, tras llamarle unas veinte veces sin obtener respuesta, Antonio Serón fue declarado oficialmente muerto. Su cuerpo habría quedado en el interior de la cueva.
Lo más inquietante de la Cueva de Zampoña no es solo la muerte de Antonio Serón, sino que el episodio no depende únicamente de la tradición oral. Manuel García de Leániz conserva un manuscrito de 30 páginas, en papel apergaminado, que recoge el expediente instruido en Soria tras el suceso.
El documento, según explicó en el podcast, incluye autos, diligencias, declaraciones de testigos y confesiones. Su título resulta tan sobrio como estremecedor: «Sobre intentar sacar Antonio Serón, vecino de esta ciudad, de una cueva en que se metió». Ahí está el verdadero giro de la historia. Lo que parecía una leyenda para meter miedo a los niños tiene detrás una investigación oficial fechada en el siglo XVIII.
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Con el paso del tiempo, la historia se deformó. Apareció en publicaciones románticas del siglo XIX, fue recogida por Manuel del Palacio en 1857 y más tarde por Fernando Sánchez Dragó en España Mágica.
Hoy la Cueva de Zampoña casi ha desaparecido de la vista. La vegetación la oculta, el Duero dificulta el paso y el acceso ya no tiene nada que ver con aquella senda por la que algunos vecinos llegaron caminando hace décadas. Quizá por eso impresiona más.
La leyenda, sin embargo, sigue ahí.