Heraldo-Diario de Soria

Un ritual donde los solteros se adueñan del pueblo convierte a esta localidad de Soria en uno de los carnavales más insólitos de España

Cada Martes de Carnaval, Duruelo de la Sierra revive una tradición centenaria donde los mozos solteros recorren las calles entre coplas, cintos y varas, en un ritual que mezcla autoridad, humor y orgullo colectivo

Un momento de la ronda del año pasado en Duruelo.

Un momento de la ronda del año pasado en Duruelo.RAQUEL FERNÁNDEZ

Patricia de la Torre
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Hay lugares donde el tiempo parece haberse tomado unas vacaciones largas, profundas, casi eternas. Y luego está Duruelo de la Sierra, esa localidad soriana de calles recogidas y pinares que, cada Martes de Carnaval, convierte su plaza y sus empedradas en un escenario de fiesta, rito y memoria colectiva donde los mozos solteros no solo salen a cantar, sino a reclamar un protagonismo que, durante unas horas, transforma el pueblo entero.

No es una cabalgata moderna ni un desfile con disfraces comprados en serie. Es la Ronda Popular de Duruelo de la Sierra, una tradición que late cada año en la víspera del Miércoles de Ceniza.

Una tradición donde cantar, mandar y reprender se mezclan como en pocas fiestas

La esencia de esta celebración es tan sencilla como potente: a las dos de la tarde los mozos (hombres solteros mayores de 18 años y los que han contraído matrimonio hace menos de un año) se reúnen en la plaza de La Carta Puebla. Se forma una comitiva, al compás de guitarras, bandurrias y laudes, que recorre las calles entonando coplas populares.

Pero el elemento que convierte esta procesión festiva en algo único no son las melodías, son los golpes. Los mayores del grupo, llamados mayorales, portan varas de avellano, y junto a los motriles (jóvenes de 17 años que llevan cintos), se encargan de mantener el orden.

Juan Asenjo y Felipe Martín, Mayorales en Duruelo de la Sierra.

Juan Asenjo y Felipe Martín, Mayorales en Duruelo de la Sierra.RAQUEL FERNÁNDEZ

Si alguien se sale del recorrido, si se desvía o se adelanta en exceso, la reprimenda llega en forma de varazo o cintazo. No es violencia gratuita, es parte de una coreografía ancestral donde la autoridad temporal se ejerce con gesto festivo.

Este juego ritualizado (cantar, escapar, ser "corregido") es la invocación de una comunidad que entierra las normas cotidianas y abre paso a las reglas de la fiesta, que son otras. Las varas y los cintos se convierten en símbolos de una ordenación social que, solo por unas horas, permite que los solteros lideren.

Una fiesta que abraza pasado, presente y futuro

Y es que la Ronda es mucho más que un paseo ruidoso por las calles, es un espejo del alma de un pueblo que ha sabido conservar lo suyo cuando muchas tradiciones se pierden.

La tradición mantiene además otro detalle tan rural como auténtico: tras la ronda, los mozos comparten una comida de hermandad, donde no faltan platos locales como el ajo carretero y (en muchas ediciones recientes) un asado que reúne generaciones.

Por la tarde, los niños toman el relevo con la "vaca flaca", y el Carnaval continúa con disfraces, música y concursos que prolongan esa sensación de comunidad unida hasta la noche.

Y si después de leer esto todavía crees que conoces todos los Carnavales de España, quizá solo es que no habías estado en este rincón soriano.  

Duruelo insiste en que esta ronda centenaria sea reconocida como Fiesta de Interés Turístico, porque lo que aquí se celebra no es solo un carnaval: es identidad pura.

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